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Aporías? A por ellas! La Hija del Caníbal
Marién Vélez Rodríguez

No hay que cambiar de paisaje, sino de ojos. La primera a observar cautelosamente es a quien dice la primera mentira, de ahí en adelante sólo hay que dejarse llevar por las confusiones que hilvanan sucesos que llevan al mismo lugar: al acto corruptivo.

Todo se corroe y se corrompe, sin necesariamente, dejar de ser lo que fue. El filme del 2003 La Hija del Caníbal alias Lucía, Lucía (para América Latina), relata una de las más bellas historias sobre la corrupción. El que presta atención se percata que desde que la cámara comienza a rodar, nos empiezan a mentir.

Parecería ser una película más donde varias historias se entrecruzan, presentando puntos de vista diversos, pero no. Este es un relato de varios personajes que se encuentran para percatarse de que toda historia es corruptible, porque corruptibles somos todos. Como en el cuento ‘Hollywood Memorabilia’ de Manuel Ramos Otero, que comienza con la frase: “Yo soy dios”; así también, en La Hija del Caníbal, el autor, crea, controla, asigna y define todo. Lucía pulula entre ser una autora que designa y una escritora que narra.

Tres personajes se encuentran, entonces, en medio de una gran confusión hecha thriller. Supuestamente buscan al desaparecido Ramón, esposo de Lucía, aunque es importantísimo recalcar que en el fondo todos andan buscándose, ninguno desea hacerlo a solas y sólo así encuentran una misma excusa para compartirse.

Lucía, el personaje central, cae en efecto dominó donde nunca imaginó: en la reconciliación con las sombras de la vida. Antonio Serrado, guionista y director, traba brillantemente el aparato secuencial de lo que en origen es la novela de Rosa Montero “La Hija del Caníbal”.

Lucía se dedica a reinventarse a sí misma a través del que realmente es el protagonista: el relato. Algo bello sucede con la historia, y es que está basada en tantas mentiras, que se convierte en una verdad trabada; tal cual sucede en la vida de todos nosotros.

Las mentiras en la película no son desechables: actos que se enlistan sólo para atisbar un enigma cualquiera. Sino que son un recurso narrativo, el que permite que la historia tenga sentido y que el filme tenga estética.




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